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UNA BELLA HISTORIA UN GRAN MOMENTO

Una historia que podría ser la tuya o la mía

UNA HISTORIA QUE ALGUIEN CONTÓ
Recopilación de: “Mente Positiva
Presentado por: Félix Miranda Quesada

Hace veinte años yo conducía un taxi para subsistir. Era una vida de vaquero, una vida para alguien que no quería un jefe. Lo que yo no me daba cuenta es que era también un ministro. Porque yo trabajaba el turno de la noche y mi taxi se convertía en un confesionario móvil. Los pasajeros se subían, se sentaban detrás de mí en total anonimato y me contaban acerca de sus vidas. Me encontraba con personas cuyas vidas me asombraban, me ennoblecían y me hacían reír y llorar. Pero ninguna me tocó más que una señora que recogí una noche de agosto.

Respondí a una llamada de un pequeño apartamento de ladrillo de 4 apartamentos, en una quieta parte de la ciudad. Asumí que estaba siendo enviado a recoger a algunos fiesteros o a alguien que había tenido una pelea con su amante, o un trabajador dirigiéndose a un turno temprano de alguna fábrica en la parte industrial de la ciudad.

Cuando llegué a las 2:30 a.m., el edificio estaba oscuro excepto por una púnica luz en una ventana de la planta baja. Bajo estas circunstancias muchos conductores solo tocarían una o dos veces, esperarían un minuto y luego se alejarían. Pero yo había visto mucha gente pobre quienes dependían de los taxis como su único medio de transporte.

A menos que la situación oliera a peligro, yo siempre me dirigí a la puerta. Este pasajero podría ser alguien quien necesitara mi asistencia, razoné para mí mismo. Así que me dirigí hacia la puerta y toqué.

“Un minuto”, respondió una frágil y anciana voz. Pude oír algo que era arrastrado por el piso. Después de una larga pausa, la puerta se abrió. Una mujer pequeña en sus 80, se paró ante mí. Usaba un vestido estampado, un sombrero pastillero con un velo, como alguien del cine de los 40. A su lado estaba una pequeña maleta de nylon.

Bellos momentos

Vivir la vida y sus bellos momentos

El apartamento se veía como si nadie hubiera vivido en él por años. Todo el mobiliario estaba cubierto con mantas. No había relojes en las paredes ni chucherías o utensilios en los mostradores.

En la esquina había una caja de cartón llena de fotos y artículos de vidrio. “¿Llevaría mi maleta al carro?” Dijo ella. Llevé la maleta al taxi y luego regresé a asistir a la mujer. Ella tomó mi brazo y caminamos despacio hacia la acera. La mujer se mantuvo agradeciendo mi bondad. “No es nada”, le dije. “Solo procuro tratar a mis pasajeros de la manera que me gustaría fuera tratada mi madre”. “Oh, eres un buen muchacho”, dijo.

Cuando llegamos al taxi, me dio una dirección y luego preguntó: “¿Podría conducir por el centro de la ciudad?”, “No es la ruta más corta”, contesté rápidamente. “Oh, no me importat”, dijo. “No tengo prisa, estoy en camino a un hospicio”.

Miré por el espejo retrovisor. Sus ojos brillaban. “No me queda ninguna familia”, continuó. “El doctor dice que no tengo mucho tiempo”. Me acerqué cuidadosamente y apagué el marcador. “¿Qué ruta le gustaría que tomara?”, pregunté. Durante las dos siguientes horas, conducimos a través de la ciudad. Me mostró el edificio donde ella había trabajado una vez como operadora de elevador. Transitamos a lo largo del vecindario donde ella y su esposo habían vivido cuando estaban recién casados. Me hizo parar frente a una mueblería que había sido un salón de baile donde ella iba a bailar de joven.

Algunas veces me pidió que redujera la velocidad frente a algún edificio en particular o esquina y se quedaba mirando en la oscuridad sin decir nada.

Conforme apareció el primer rayo del sol asomando en el horizonte, dijo repentinamente, “estoy cansada, vámonos”. Condujimos en silencio hacia la dirección que ella me había dado. Era un edificio bajo, como pequeña clínica de reposo, con un pasillo que pasaba por debajo del pórtico.

Dos celadores llegaron al taxi tan pronto como paramos. Estaban atentos observando cada uno de sus movimientos. Debían estarla esperando. Abrí la cajuela y llevé la pequeña maleta a la puerta. La dama ya estaba sentada en una silla de ruedas.

“¿Cuánto le debo?”, preguntó, buscando dentro de su cartera. “Nada”, le dije. “Usted tiene que vivir”, respondió. “Hay otros pasajeros”, le dije. Casi sin pensarlo me incliné y le di un abrazo. Ella se agarró a mí fuertemente.

“Usted le ha dado a una anciana un pequeño momento de gozo”, dijo. “Gracias, querido”. Apreté su mano y luego caminé en la tenue luz de la mañana. Detrás de mí una puerta se cerró. Era el sonido del cierre de una vida.

No recogí más pasajeros en ese turno. Conduje sin rumbo, perdido en mis pensamientos. Durante el resto del día, difícilmente pude hablar. ¿Qué tal si esa mujer hubiera topado con un conductor enojón o uno que estuviera impaciente por terminar su turno? ¿Qué tal si yo me hubiera rehusado a tomar la carrera o haber pitado solo una vez y luego alejarme?

 

Haciendo un breve repaso, no creo que yo haya hecho muchas cosas más importantes en mi vida. Estamos condicionados para pensar que nuestras vidas giran en torno a grandes momentos. Pero los grandes momentos frecuentemente nos toman desprevenidos, bellamente envueltos en lo que otros pueden considerar cosas pequeñas.